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Alberto Vega

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Alberto Vega, años 90 (fotografía de Eduardo G. Parra)

Alberto Vega, poeta y editor escribió una poesía de la cotidianidad y el desencanto

Alberto Vega nació en la localidad asturiana de Langreo en el otoño de 1956 y falleció en la misma villa industrial y minera el 15 de mayo de 2006 a causa de una larga enfermedad degenerativa. Fue poeta, editor, columnista de prensa y agitador cultural.

Alberto Vega vivió sus 49 años en la activa y minera villa de La Felguera, en el municipio de Langreo, donde escribió sus mejores versos, cantó para los amigos las canciones de Silvio Rodríguez, Luis Eduardo Aute, Joaquín Sabina y Leonard Cohen, y dirigió el área de Cultura del Ayuntamiento.

Una vida trufada de reconversiones industriales, militancia de izquierdas, desaforadas lecturas de Octavio Paz, Jaime Gil de Biedma, Ángel González y Jorge Luis Borges, y recitales poéticos con el grupo de Luna de Abajo, al que perteneció desde su fundación en 1980, convertido más adelante en editorial de poesía en la que publicó también la mayor parte de sus libros.

El primero, Brisas ligeras, cargado de juvenil entusiasmo que hiciera al poeta intentar olvidarlo, pero que es un magnífico preludio de Memoria de la noche (1981), al que siguen Cuaderno de la ciudad (1984), Para matar el tiempo (1986), La luz usada (1988 ) e Historia de un nudo (1992), ganador del premio internacional de poesía Ateneo Jovellanos en 1992.

O el último, Estudio melódico del grito (Visor, 2005), en el que Ángel González escribió: «Es la suya una poesía de la cotidianidad y el desencanto, escrita en un lenguaje que, acaso o también decepcionado de las grandes palabras épicas o líricas, se apoya en el decir común, apela a aquellas otras ‘palabras de familia gastadas tibiamente’ —a veces, en su caso, ‘airadamente’—, tan gratas a Jaime Gil de Biedma, más íntimas y propicias a la reflexión y a la confidencia».

También José Luis García Martín había destacado de este último libro: «Desde el principio, su poética estaba clara: realismo, cotidianidad, humor negro. Tan clara como sus maestros: Ángel González, Jaime Gil de Biedma, ciertos poetas sociales, los músicos del rock más canalla y urbano… Todo ello estaba trascendido por una poderosa voz personal, una reconfortante aspereza, una sequedad alérgica a fáciles lirismos».

Alberto Vega escribió el 7 de mayo el último artículo en La Nueva España, textos en los que diseccionaba la sociedad globalizada con un gran sentido del humor y una cercanía periodística encomiable.

Fue uno de los poetas más interesantes de su generación, un poeta culto y fino que había contado antes que muchos la experiencia irónica de cada día, el arduo trabajo de «fatigar aceras» y el desencanto de ese tiempo pasado que se nos suele antojar mejor.

Nos queda intacta su mirada y su manera de estar en el mundo, su sonrisa y sus versos cargados de amor a la vida.

(Miguel Munárriz, El País, mayo de 2006)


Del prólogo de Historia de un nudo (1992) son estas palabras escritas por Ángel González:

[…] Es la suya una poesía de la cotidianidad y el desencanto, escrita en un lenguaje que, acaso también decepcionado de las grandes palabras épicas o líricas, se apoya en el decir común, apela a aquellas otras «palabras de familia gastadas tibiamente» —a veces, en su caso, «airadamente»— tan gratas a Jaime Gil de Biedma, más íntimas y propicias a la reflexión y a la confidencia; palabras de familia hoy numerosa, fieles al signo de una época que viene de lejos, desde más lejos de lo que pudiera parecer. […] Pero lo que en último extremo justifica a esa poesía no es el coherente y desolado mundo que desvela, sino —como ocurre siempre con la poesía— la forma en que se expresa, el imaginativo y personal uso que Alberto Vega hace de la materia común con la que trabaja: palabras de muchos, pero ante todo suyas, contenidas y justas, irónicas en su capacidad de insinuar más de lo que queda escrito, dichas en un tono peculiar que permite reconocer al poeta sin más datos que su sola voz; raro privilegio en nuestros días […].


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Alberto Vega, 1982

Biografía

Alberto Vega (Langreo, Asturias, 1956-2006) fue cofundador de la revista literaria Arlequín (1979), además de otras publicaciones, entre ellas Luna de Abajo (1980). En 1985 comienza su labor como director del Área de Cultura y Juventud del Ayuntamiento de Langreo, posición que le permite impulsar y apoyar numerosos proyectos culturales

Como autor de poesía ha sido antologado por Rafael García Domínguez en Trece poetas, 1972-1985, Oviedo, La Ferrería, 1986; por Ricardo Labra en Muestra corregida y aumentada de la poesía en Asturias, Principado de Asturias, 1989 y en La calle de los doradores, Oviedo, Tribuna Ciudadana, 1996; «Las horas contadas», antología incluida en Últimos 20 años de poesía española, Ayuntamiento de Oviedo, 1993; y por Miguel Munárriz en Poesía para los que leen prosa, Madrid, Visor, 2004.

A partir de 1996 colaboró habitualmente como articulista del diario La Nueva España, en la sección «La cuarta pared».

Ha publicado Brisas ligeras, Langreo, edición de autor, 1980; Memoria de la noche, Langreo, Plenilunio, 1981; «Trilogía hermética», en Luna de Abajo, n.º 2, 1984; Cuaderno de la ciudad, Langreo, Luna de Abajo, 1984; Para matar el tiempo, Langreo, Luna de Abajo, 1986; La luz usada, Gijón, Colección Deva, n.º 7, 1988; Historia de un nudo, Gijón, premio Feria del libro, Ateneo Jovellanos, 1992 y Estudio melódico del grito, Madrid, Visor, 2005.

En la mejor tradición de la literatura universal

Entrevista a Ricardo Labra publicada en La Nueva España, 31/08/2016

 Langreo, L. FERNÁNDEZ
«Luna de Abajo», la marca del primer grupo poético en reivindicar a Ángel González, ha tirado este verano una edición simbólica de 34 ejemplares de Las estrellas muertas con el único objetivo de salvar la obra póstuma de Eugenio Torrecilla (1924-2012), el pediatra cofundador y gran impulsor desde la década de los sesenta del pasado siglo de la Tertulia Literaria de Langreo.

Las estrellas muertas ha visto la luz este verano, a punto de cumplirse (a finales de septiembre), cuatro años del fallecimiento del autor de La balada del Nalón y de La vida por la letra.«Como novela, es la mejor de sus obras» y«probablemente dentro de 30 años será una referencia literaria», igual que El Gatopardo, afirma Ricardo Labra (1958), escritor langreano, autor de más de media docena de libros de poemas, otros tantos de estudios y antologías y uno de relatos breves. Colaborador de La Nueva España. Labra es además licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural, y también máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo.

¿Por qué regresó Eugenio Torrecilla?

—Por un desarraigo. Cuando de niño dejó El Entrego natal por el traslado de su padre a las minas de Fabero sufrió un desgarro emocional tremendo, ya que echaba de menos esta zona a la que consideraba su paraíso perdido. Fue el primer universitario de Fabero, pero en ese pueblo le aguardaba un destino fatal al enfermar en tercero de medicina de tuberculosis. En esos años se salvaba muy poca gente, la estreptomicina entraba de contrabando y el padre tenía que ir a comprarla a León. Eugenio Torrecilla regresó a la casa familiar derrotado, casi desahuciado, pero pudo recuperarse de las fortísimas hemoptisis y terminar la carrera en Valladolid.

¿Tenía idealizada la zona?

—Todos sus ideales los sublimó en esta cuenca. En aquella época podía haber desempeñado su especialidad en cualquier lugar de España, pero vino a ejercerla en el territorio mitificado de su infancia. En La Montera encontró una biblioteca con poco uso que trasegó de cabo a rabo. Al tiempo que leía buscaba aunar sensibilidades, gente con la que poder comunicarse desde la literatura. Eugenio era un esteta y siempre estaba rezando ante el altar de la sabiduría. Vivió solo por motivos de salud, fue un hombre muy delicado, durante años no se atrevió a viajar; además de leer, por la noche escuchaba Radio París. La emisora convocó un concurso de cuentos con una estancia en la capital francesa como premio. Era la ciudad de Balzac, de Proust y de tantos otros autores por él amados. Ese premio, que para su sorpresa ganó, le permitió ir a París en compañía de su tía. La ciudad de la luces no le defraudó; a partir de entonces perdió el miedo a viajar y ya no dejó de hacerlo.

Usted ha dicho de él que es un referente literario y ético.

—En su casa extendía el mapa sobre la mesa y con el puntero de su dedo te iba señalando París. Viajé muchísimo con él; a través de ese dedo ibas conociendo los barrios de los autores, la conexión de los personajes y su época histórica. Hubo un tiempo que pensábamos que la literatura se llamaba Eugenio Torrecilla, lo mismo que le había pasado a (Jorge Luis) Borges con (Rafael) Cansinos Assens. Él cumplió con nosotros el papel de Virgilio, nos llevó por el dédalo de las letras con brazo experimentado y maestro, porque era un lector enorme de la tradición literaria europea. Sí, Eugenio Torrecilla fue para nosotros todo un referente literario y ético, y todavía lo sigue siendo.

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Eugenio Torrecilla en 2007

¿Cuál es la importancia de La balada del Nalón?

—Si La aldea perdida de Armando Palacio Valdés es la novela del inicio de la industrialización, en términos mitológicos el cambio de reinado de las diosas de la tierra «Demeter» y «Flora» por el dios de la industria Plutón —el minero—, La balada del Nalón representa el final de esa industrialización, por lo tanto en ella se refleja la agonía de Plutón, sus estertores últimos. Es como si se cerrase el círculo, en realidad Eugenio Torrecilla anticipa lo que sucedería después, la sustitución de Plutón por un dios espurio, Leviatán. Desde entonces todo el mundo hace polígonos industriales con la expectativa de que venga Leviatán, desde fuera al precio que sea, volando a poner el huevo de las tecnológicas.

En La vida por la letra describe la penosa enfermedad que padeció.

—Eugenio era proustiano, llevaba una existencia muy similar a la del autor francés que también estuvo encerrado en su casa y veía la realidad a través de la literatura. Como a Marcel Proust, la enfermedad lo marcó terriblemente por lo que su vida quedó desde entonces sublimada por la literatura, del mismo modo que le ha pasado a muchísimos escritores que tienen una herida abierta.

¿Qué supone esta novela póstuma en el conjunto de su obra?

—A Eugenio le definiría casi como autor de una obra única de ficción, Las estrellas muertas, igual que sucede con El Gatopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Esta novela póstuma tiene una sensibilidad proustiana, pero está más emparentada con la obra de Kafka. En ella Eugenio Torrecilla plasma su visión sobre la sociedad, sus miedos, sus fantasmas, a través de un personaje que parece inmortal y transmite una problemática compleja: la de la longevidad humana. Uno de los mitos de estos tiempos, algunos científicos hablan incluso de que se puede llegar a detener el reloj biológico. No me extrañaría que pasasen los años y que esta novela fuese como El Gatopardo un libro de referencia.

Se la ha calificado de mefistofélica.

—Con esta obra sufrió una profunda crisis, hasta hubo que ingresarlo. Fue en 1997. Recuerdo que una noche me llamó a las tres de la madrugada: «Estoy muy mal, ven a casa». Ya me había dicho que a veces se ponía a escribir y de repente tenía distorsiones temporales, y no sabía que le pasaba, tal como le sucede en la novela a su personaje literario. Yo sabía que este malestar estaba originado por su transferencia escritural, ya que durante su redacción me iba leyendo los capítulos que daba por terminados. Al personaje le llega a dar una apoplejía. Eugenio tenía cierto respeto a este libro hasta el extremo de que fue retrasando su publicación. Han pasado los años y ahora vemos que el libro adquiere pleno significado.

¿Por qué se tiran 34 ejemplares de Las estrellas muertas?

—Es una edición simbólica. Lo que pretendemos es salvar un libro que probablemente dentro de 30 años será una referencia literaria en la cuenca y en Asturias. Me imagino que también se acabará subiendo a internet. La tertulia está comprometida en la tarea de preservar una obra que no merece quedar en el olvido. La Nueva España tuvo la lucidez de ver a alguien como Eugenio Torrecilla, una luciérnaga en una sociedad tan mediática y mediatizada, al distinguirle con el reconocimiento de «Asturiano del mes», que para él fue toda una alegría.

¿Cuál de las tres obras le gusta más?

La vida por la letra la considero un libro extraordinario para los letraheridos y me recuerda a El gran Meaulnes (de Alain Fournier). Pero como novela, Las estrellas muertas es la mejor. Quizá La balada del Nalón sea la más voluntariosa. Las estrellas muertas, su obra póstuma, forma parte de la tradición de la literatura universal en la que Eugenio Torrecilla estuvo siempre transitando como un insecto de Kafka. Esta novela trasciende lo local aunque fuera escrita desde la mesilla de su casa. Trabajaba siempre con pluma y luego realizaba las correcciones como Proust, cortando trocitos de papel que pegaba sobre el texto en forma de pliegues de un acordeón.

¿Cómo era el Eugenio Torrecilla que ustedes conocieron?

—Era un líder natural. En la tertulia, salvo dos o tres que le tuteábamos, el tratamiento que recibía era de don. Nosotros éramos unos chavales de la cuenca y él, un hombre muy atildado, impoluto, tanto en las formas como en su vestuario. Se puede decir que vivió bien dentro de una austeridad voluntaria: no cambió la luz de 125 voltios de su casa, apenas tenía electrodomésticos y nunca se compró un ordenador. Su biblioteca estaba conformada por un reducido pero selecto número de libros.

Usted publica el primer libro de poesía, La danza rota, en 1984, el mismo año que él se estrena con La balada del Nalón.

—Con diferencia de edad, éramos los dos autores bisoños. Yo tenía mucha ilusión y la temeridad de la juventud. Para él siempre fuimos un estímulo, le abrimos la oportunidad de publicar: «Bueno, Eugenio, tienes que dejar algo escrito porque si no acabarás siendo una sombra». Los libros para él tenían una importancia enorme, nunca quiso hacerlos sin los diseños y los dibujos de Helios Pandiella: creía en él como artista.

Brisas ligeras

«[…] Brisas ligeras, título engañoso y excesivamente modesto, podía haberse llamado muy bien «Fuego nocturno», porque entre sus sombras —y abundan en él las sombras— crepita la llama que devora al poeta. Desvelado por frustraciones muy hondas (los sueños de la vigilia, alimentados por el ideal —esa «suelta llama del fuego» que prende en los corazones jóvenes— son difíciles de cumplir y dejan en el ánimo un regusto amargo) Alberto Vega parecía rehuir la confrontación del día y refugiarse en las tinieblas. «Y fue la noche suficiente cómplice», leíamos en el prólogo del libro, cuyo poema inicial repetía: «Vidas imposibles / cabalgando / la cintura de la noche. […]»

Eugenio Torrecilla (en Memoria de la noche)


Brisas ligeras es el primer libro de Alberto Vega, publicado como edición de autor en 1980. El trabajo gráfico y de imprenta que trajo consigo serviría, junto con Memoria de la noche (en el que Alberto se nos muestra como el poeta definitivo que es), de iniciación a la aventura de Luna de Abajo. De ahí que el dibujo de la cubierta de Brisas ligeras sea también el motivo del cartel anunciador de la primera publicación de la editorial: el cuaderno Luna de Abajo número uno. Poesía en Asturias (1), de 1982

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El poemario Brisas ligeras se recoge en el libro que recopila toda su obra, Alberto Vega. Plenilunio (obra completa 1980-2005), editado en 2007.


Poemas de Brisas ligeras

Prólogo

Algo
que mudó
mi rosario de urgencias.
Y fue la noche suficiente cómplice,
amiga y moradora de interiores álgidos.

Algo,
primavera,
sombra caudalosa
o río de unas manos en presente
rompiendo con su pulso antiguos poemas.

El fuego y las hogueras

Fuimos encerrando lentamente
la suelta llama del fuego
entre las piedras cenicientas de la hoguera:

ya ves, hoy apenas tiembla
una débil espada fluorescente
en cada techo de amores aventados,
en cada encuentro cautivo, en cada reja,
en cada espanto…

Y nosotros querríamos gritar,
desdibujar el nombre de las cosas,
abrasar de libertad en cada gesto.

Pero una pesada losa hirió los parques
y en las manos
de los jóvenes amantes agoniza
la tibia escaramuza de los cuerpos.

Geografía del sueño

                                              a Eugenio Torrecilla

Tormenta de luna quieta:
en la almohada
un arcángel de nieve nos despierta
con cien ojos abiertos para el sueño.

Y exultante
la sombra del recuerdo
se multiplica en hondos aspavientos.
Al abrigo del Ser y del milagro
nuestra brisa interior la noche alerta.

Despertar no es morir
sino abrazarse
a las cosas que nos golpean más de cerca.

Caminantes

Una mano sobre otra:
dos limpias
cicatrices en la cara del futuro.

Una noche sobre otra:
dos arroyos
de sombra luminosa y fértil.

Una vida sobre otra:
dos palabras
etéreas y firmes, como el viento.


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Bisas ligeras, 1980
• 15,5 x 21 cm, 36 páginas.
• Impreso a una tinta.
• Tirada: 400 ejemplares
• Agotado

El objeto se venga

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(Artículo publicado en  El Cuaderno número 67 de abril del 2005, pp. 28-29)


Por ASUNCIÓN HERRERA GUEVARA

¿Hay algo más irónico que hacer creer que un objeto se puede vengar del animal más racional, del animal humano? Seguramente lo haya. Pero La venganza del objeto tiene el gran mérito de contarnos, irónicamente y con sentido del humor, un relato veraz sobre la historia de un error: la historia de la humanidad es una continua muestra de la prepotencia del animal humano hacia la Naturaleza. Como bien sabe hacer Chiripa, el protagonista de nuestra novela, el hombre se pavonea, hace una vana ostentación de su dominio de la Naturaleza. La misteriosa y desconocida Naturaleza es vista como un instrumento, pero no es un instrumento cualquiera, hemos estado siglos intentado controlar el poder que tiene. En el siglo XVII ya Bacon afirmaba que la Naturaleza era una ramera a la que había que doblegar y dominar. Un relato veraz de la historia de la humanidad bien pudiera concretarse en lo que he llamado un error: la prepotencia del humano ante lo natural.

La novela de Alfredo Hernández consigue retratar magistralmente esta parcela de nuestra historia con un sentido del humor desbordante. Caricaturiza al «marisabidillo» científico Chiripa, un personaje capaz de «Naturalizarse». La naturalización cambia al personaje. Desde el mismo momento en el que tiene lugar tal naturalización, Chiripa ya sólo mide, aritmetiza, controla e instrumentaliza su vida y la de los demás, sobre manera la vida de su anciano padre y la de sus compañeros de fechorías (o sea, compañeros de trabajo) y seudoconquistas. No se equivoque el futuro lector, cuando Chiripa se naturaliza no lo hace para integrarse con la Naturaleza sino para dominarla y, por ende, controlar a los zoquetes que viven una vida no llena de mediciones e instrumentalizaciones, sino una vida plagada de emociones, valores, fantasías y normas.

La Historia nos ha enseñado que los errores, la mayor parte de las veces, se pagan caros. El relato veraz de Alfredo Hernández muestra el precio que tiene que pagar Chiripa por su arrogancia. No sólo una parte de la Naturaleza controlada por él en sus experimentos se le vengará, sino que, para más mordacidad, Chiripa se convertirá en el ratoncillo sobre el que experimenta Nativel, otro de los personajes principales que actúa como contrapunto del naturalizado Chiripa.

La Naturaleza se venga, el objeto se venga sobre Chiripa y sobre todos los que se vanaglorian de su ilustre raza. Parafraseando la fábula «El linajudo y el ciego» (Hartzenbusch, 1837) podríamos decir:

A la Naturaleza (a un ciego) le decía Chiripa: «Todos mis ascendientes héroes fueron» / Y respondiole la Naturaleza: «No lo dudo;  / Yo sin vista nací: mis padres vieron» / No se envanezca de su ilustre raza / quien pudo ser melón y es calabaza.

No hay nada más justo que Chiripa reciba una lección: el objeto se venga.

La venganza del objeto puede resultar a algunas sensibilidades cruelmente irónica y mordaz; tal vez sea cierto, pero la escritura de Alfredo Hernández se sitúa en la tradición de los grandes escritores ironistas (Sócrates, Erasmo de Roterdam, Kierkegaard), todos ellos utilizaron la ironía para combatir el decante «Espíritu de su época». La venganza del objeto se enfrenta a una parcela de nuestra época que bien pudiéramos llamar decadente: que nadie se equivoque, no es una crítica a la Ciencia sino a la parcela decadente de la ciencia, a eso que llamamos «cientificismo». Chiripa es el prototipo de hombre del siglo XXI que instrumentaliza todo lo que toca y a todos los que toca. Sólo le interesa la fiabilidad del hecho, la pujanza o el cundimiento, ¿qué se puede esperar de quien tiene un cactus por mascota?

El mundo de Chiripa no resulta nada atractivo para quienes no aceptan la cosmovisión de un mundo instrumentalizado sino que piensan, por contra, que la humanidad tiene otras posibilidades: la posibilidad de constelar la ciencia con el humanismo, lo instrumental con lo emotivo.

Con este nueva concepción en mente aparecen los personajes contrapuntos de Chiripa, el más importante de ellos Valiente, su padre: «Un bulbo casi ochenta años enterrado en zona muerta, sin gota de humedad…», tal y como él mismo se define en un pasaje de la novela.

Los diferentes personajes están, intencionadamente, situados en polos alejados. La escritura de Alfredo Hernández siempre nos muestra esta bipolaridad. Bipolaridad que le sirve a nuestro autor como elemento regulador. Chiripa y sus compañeros de tropelías tropiezan constantemente con su imagen velada en negro en las figuras de Valiente, el librepensador Manuel o Nativel. Todos ellos son la imagen invertida de Chiripa. En todos ellos hallamos la parcela anhelada, la parte más emotiva y sentimental de la novela que se puede concretar en El devocionario, un libro incluido dentro de la novela. El devocionario enseña con dolor que podemos esperar la posibilidad del bien. A pesar de las vilezas del mundo, de las mentiras, de las villanías y desmanes, Valiente enseña a Nativel —a Chiripa no le puede enseñar nada, lo da por perdido— lo más preciado de la vida: el valor del amor y la amistad.

La prosa de la novela cambia. Donde antes encontrábamos un lenguaje propio ligado a lo más instrumental y parodiando lo científico, en el devocionario nos cruzamos con una prosa lírica cargada de vivencias y sentimientos: las vivencias de Valiente. Si con Chiripa no dejaremos de sonreír o reír abiertamente, con Valiente sabremos lo que significa la Ciencia melancólica: una ciencia que nace de la suma de todas las batallas ganadas o perdidas en la vida de un ser humano. Valiente enseñará, incluso al lector, a repensar cuál es su ciencia de la melancolía. Porque, como no hace mucho tiempo, dijo Manuel García Rubio, Alfredo Hernández es un escritor que no sólo quiere entretener, además quiere transformar al lector. La venganza del objeto divirtiendo no deja de ser un «artefacto con pretensión transformadora». Tanto en las páginas más irónicas como en las más emotivas la reflexión está presente y no dejará impávido a ningún futuro lector.

El estilo de Alfredo Hernández es propio y me atrevo a decir que único. No sólo se caracteriza por la  ironía y el sentido del humor, sino, igualmente, por la invención de palabras y los juegos literarios y metaliterarios que recorren las páginas de su novela.

Toda novela es una ficción pero La venganza del objeto bien pudiera catalogarse de metaficción: la aparición de otra obra en la obra, un diálogo constante con el lector, la reflexión sobre el arte… No quiero terminar sin mencionar una idea sin la cual ninguna novela de Alfredo Hernández puede entenderse, y sin la cual La venganza del objeto tampoco se entendería, la idea la recojo de la obra de un filósofo crítico, Adorno, y dice: «En la exageración está la verdad» (Adorno recoge esta idea de Freud). Alfredo Hernández cuando escribe asume esta sentencia, para nuestro autor es preciso mostrar con exageración, a través de la ironía, el sentido del humor y la caricatura, los desgarros y fisuras de nuestro sociedad con el fin de que el mundo aparezca trastocado, enajenado. En esto consiste la intención transformadora de La venganza del objeto.

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Edición en papel:
• 135 x 210 mm
• 234 pp.
• ISBN: 978-84-86375-08-9
• 12 € (pedidos: lunadeabajo@hotmail.com)


Edición digital gratuita en la página de Luna de Abajo en Issuu:

Residencia de quemados

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Residencia de quemados es una novela estructurada en dos partes temáticamente diferenciadas, pero unidas por el argumento de la obra. Clara, psicóloga clínica, iniciará un cambio de percepción de su vida y de su profesión que revolucionará a sus cuatro quemados pacientes: el hombre de oro, adivina qué, sazonado corazón y la mujer fantástica. El acicate de la transformación de Clara y sus pacientes se encuentra en la lectura, aparentemente casual, de un libro de aventuras protagonizado por la Princesa Ruta. La valentía de Ruta presta a Clara, y a los demás personajes, la motivación para actuar.


Alfredo Hernández García (Valencia, 1959), escritor y licenciado en Filosofía, publica su tercera novela. Residencia de quemados se trata de la última novela de una trilogía que comenzó con la publicación de El fósil vivo y la posterior La venganza del objeto. La obra mantiene determinadas estructuras metaliterarias presentes en las anteriores novelas del autor. La trama de la trilogía se articula sobre la visión irónica de nuestro mundo, a fin de trastocar su imagen. Para alcanzar tal objetivo, el autor se sirve de la exageración, la ironía y la fantasía.


Alfredo Hernández García
Residencia de quemados
• Edición en papel de 60 ejemplares. Encuadernación: rústica
• 135 x 210 mm
• 384 pp.
• ISBN: 978-84-86375-13-3

Las estrellas muertas

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Eugenio Torrecilla decidió fundir la literatura con su vida para ensanchar y dignificar la existencia. Quienes lo conocieron dan fe de esas estrechas relaciones. Las estrellas muertas, el libro que aparece ahora a los cuatro años de su fallecimiento, es un relato de introspección cientifista acerca de la inmortalidad, legado casi como un testamento. Un Eugenio hasta cierto punto desconocido que nos ayudará a definir algunas de sus preocupaciones. Si en sus anteriores libros La balada del Nalón y La vida por la letra hay un Torrecilla respetuoso y complaciente con unas temáticas autobiográficas, en Las estrellas muertas nos lo encontramos como lector letraherido que ha visto en la escritura la herramienta ideal para cuestionarse ciertos aspectos de la condición humana. Novela mefistofélica sobre la decadencia y la enfermedad, tan extraña como perturbadora, que no hará más que reforzar el carácter reservado y solitario del autor. Su aire a lo Lovecraft sostiene el interés y valor argumental, en una atmósfera pesimista taladrada de circunloquios reflexivos, aseveraciones y preguntas sin respuesta, que son las propias de los grandes escritores. [Roberto Corte]


Eugenio Torrecilla
Las estrellas muertas
• Edición en papel de 34 ejemplares. Encuadernación en tapa dura
• 135 x 210 mm
• 208 pp.
• ISBN: 978-84-86375-11-9

 

La vida por la letra, de Eugenio Torrecilla

Por FRANCISCO LAURIÑO

(Texto publicado en su blog Blues de la luna que nos mira

Si es difícil que en un texto de mil páginas quepa la vida de una persona (Luciano Sechard, Alexei Karamázov…, qué sé yo…, o aunque sea sólo un sesgo de ella), ¿cómo no iba a serlo mucho más en otro que junta menos de doscientas y que transmite una vida entera, desde la infancia perdida en los albores del siglo XX, hasta la pedestre realidad de hoy?

Pero, se cumple la proeza cuando descubrimos que esta biografía no es exactamente el relato de una vida, sino la relación de una lista de libros que han configurado una vida, que la han hecho ser lo que es y, más aún, que la han hecho ser, pues gracias a ellos, con su ayuda, esa vida no se apagó cuando la grave enfermedad se cebó en ella, y le sirvió para alejarse de la muerte en tanto en cuanto que los avatares de Hans Castorp y de su primo Joachim en La montaña mágica, primero, y la libertad de las estepas de Tarás Bulba, después, insuflaron garantías para que el mundo, no el real, sino el de los libros, que es para el protagonista de este libro el real, se tornase, como en Novalis, sueño, y, de sueño, otra vez en mundo. Y vemos aquí al doctor Torrecilla redivivo, muchos años después de aquellos mágicos desvelos impresos en papel y que entretenían la infancia primera en forma de cuentos, todavía aplicado a su inmensa tarea de lector, en su torre de marfil que es un «modesto piso de cierta población provinciana carente de relieve».

Si como lector es don Eugenio un prodigioso devorador de libros, es muy cicatero, sin embargo, como escritor. Aquella Balada del Nalón con que nos sorprendió en los años ochenta, en plena modernidad pero fuera de modas, bajo los auspicios de Luna de Abajo, tuvo que esperar más de veinte años para tener compañía. Hasta esta obrita que nos llega hoy, La vida por la letra, bajo el marchamo también del buen hacer de Helios Pandiella y de su sempiterna editorial, y con la que se regala ahora, prodigio de diseño y de olor a tinta fresca de la buena, este otro lector que, no tan obsesionado como el doctor pero sí entretenido en esa materia de los sueños desde hace lustros, se adentra en él en la madrugada de tres sucesivos días, y lo vive, con su protagonista, con su vida y con sus lecciones.

La vida por la letra (Luna de Abajo, 2009) se estructura en diez capítulos, cada uno de ellos referente a una, digamos, etapa, de la vida del doctor. Pero esas etapas que han de ser por fuerza vitales, como en toda biografía, no lo son aquí tanto, porque sus referencias narrativas no están en el mundo sino en los libros. Tuve la osadía de repartir esas etapas por mi cuenta y riesgo mientras hacía la lectura, siendo así que a mí me salen dieciocho partes, o, mejor aún, diecinueve, si contamos la número cero, que no coinciden, evidentemente, con los capítulos originales, y que son, a su vez, y en mi modesta opinión, otras tantas vidas (libros) vividas por don Eugenio.

Es el objeto de este artículo dar cuenta de ellas.

La parte «Cero» es el tempo real de la novela (permítanme que le llame «novela» a La vida por la letra), que estará trufado de analepsis (casi todos los capítulos, casi todas las partes a las que aludo yo), estructuradas, a su vez, con otras prolepsis que desembocarán, como no podía ser de otro modo, de nuevo en la parte Cero. Aquí está el buen doctor, viejo, jubilado (esta palabra aparecerá más adelante), entregado a su pasión, ajeno al mundo que le rodea, o molestado por él («los ruidos ambientales y las intemperancias de los vecinos»). Volveremos a esta casa, que me fue dado conocer en la más tierna infancia (yo también la tuve), siendo paciente del doctor, cuya especialidad era la pediatría, y también más tarde, en la adolescencia, pues asistí a varias entrevistas con él, aquellos vésperos del sábado, para que me aleccionara en el buen camino literario (y de allí salieron querencias como la que les tengo a Borges, Dostoievski, Edgar Allan Poe, Leónidas Andreiev…, que me acompañan de por vida, también a mí).

La parte «Uno» es poco minuciosa. La vida comienza con las primeras letras que se aprenden en la escuela (tal vez sea más minuciosa de lo que creí en un primer momento). Se monta la herramienta. La l con la ala. Y qué herramienta, útil y hermosa, que el buen doctor usará durante toda la vida. Qué sería de él, de nosotros, sin ella.

La parte «Dos» encaja letras y suma significados, mientras continúa la analepsis de la anterior. Aprenden los niños a leer y leen a trompicones algunos en la escuela. A don Eugenio, a quien por el entonces suponemos, aunque nos cueste trabajo, Eugenio solamente, a secas, nunca le toca leer en alta voz, pues es de los pequeños y a ellos no les suele llegar el turno. Ha comenzado, como observarán, esa gran obsesión que le perseguirá siempre. El libro, al principio, se le resiste; pero, más temprano que tarde, acabará por rendírsele como un animal manso del que sacará disfrute, provecho, aire para respirar el mundo. Tiempo al tiempo.

La parte «Tres» es el comienzo de la autonomía personal y del autodidactismo literario que formará a Torrecilla y que será lo que de manera más clara distinga su enigmática manera de proceder con respecto a la literatura; a él parece que los movimientos críticos y la teoría literaria en general le son ajenos, o por lo menos le resultan indiferentes para su propósito personal, que es bien distinto al que mueve al «profesional de la literatura», al «crítico», al «erudito». Para él es la vida, y no una forma de vida. El pequeño Eugenio descubrirá en esta etapa, y por su cuenta, los cuentos infantiles (avanzado el libro nos aclarará que eran los de Calleja, y evocará aquellas pobres ediciones que le dieron la mano para entrar en el mundo bibliográfico, y que venían como regalo al comprar dos libras de chocolate).

Un buen día, atosigado ya por los papeles impresos, pidiéndoles más significado del que aquellas modestas ediciones podían brindarle, tuvo la suerte de conocer la biblioteca de Juan Luis, donde se apilaban libros de verdad: y descubrió en ella a Julio Verne, su primer gran escritor. Es la parte «Cuatro», donde comienza en realidad, después de los prolegómenos que sientan las bases, la aventura literaria. Es, por lo tanto, la primera etapa de su andanza real entre los libros.

Fuera de su Asturias natal, y de la cuenca minera, observamos como entomólogos (él mismo se observa, observa al niño, al joven, incluso al anciano, como entomólogo, como si estuviera descubriendo el comportamiento de un pequeño ser que se debate en un microcosmos de exagerada envergadura) al niño que vive ahora en un pueblo de la montaña leonesa. Ha llegado un técnico a las minas que despierta poco el cariño de los vecinos, pero es él quien le brindará al chico inquieto la posibilidad de alcanzar otros libros de verdad, distintos a los de Julio Verne, libros de adultos, firmados esta vez por Armando Palacio Valdés: José y La aldea perdida son la parte «Cinco» en este particular periplo lector (vital).

Las palabras mayores, quiere decirse, los clásicos, entraron en su casa sibilinamente, sin que se los esperara, porque de la mano de un cura rural que se lo regala al padre de Eugenio irrumpe en la casa Homero, con la Ilíada. No amilanan las dificultades al niño ante el clásico tremendo, aunque aquellas letras le impiden la conquista del poema épico griego como si fueran una muralla inexpugnable. Pero, la gran literatura está ahora en proceso de inoculación en sus venas, y eso que todavía no ha comenzado la segunda enseñanza. Persistirá en su aventura hacia Homero, y acabará por ganar la batalla, aunque no comprenda que la acción se interrumpa y que el ciego eterno le deje a él sin luz por no darle a conocer el final de aquella historia en que los dioses y los humanos sufren a la par problemas parecidos. La parte «Seis» nos ha llevado hasta el clásico, sí, pero también nos revelará otro aspecto de suma importancia en la vida del lector: su primigenia conversión a escritor, porque la mimesis es dieta habitual de los humanos.

En el colegio de la capital, a donde ya asiste ahora, en la clase de literatura, pondrán como ejemplo de algo una leyenda de Bécquer; un comentario de Eugenio sobre ella será ejemplo para los otros alumnos. Además, un relato volandero escrito en un rato libre le conducirá hacia ese difícil terreno al que llamamos amistad, y que él aún no había transitado del todo mientras vivía en el pueblo. Son sus prácticas escribidoras y su encuentro con la amistad (también por la letra, como se ve) la parte «Siete».

La «Ocho» nos lleva otra vez a los clásicos. Shakespeare está presente en la transmisión oral que el amigo recién hecho (cuyo padre, abogado caído en desgracia, posee también una vasta biblioteca) le hará de Hamlet, mientras sufren el tedio de ciertas clases. Muchos años después, vueltos a la parte «Cero», el médico afincado ya en su tierra natal recibirá un presente valioso, las obras completas del autor inglés editadas por Aguilar. Hamlet será recurrente (comprará un ejemplar en cierto puesto instalado bajo los pórticos de una plaza varios años después), como lo serán Juan Ramón y los rusos, pero de estos últimos aún no nos es dado hablar.

En la parte «Nueve» el chiquillo y el adolescente se han esfumado ya, aunque seguirán presentes en el imaginario de Torrecilla, que volverá a ellos con frecuencia. Vemos ahora al estudiante en la Facultad de Medicina de una capital mesetaria. Le fascina el cine casi tanto como la literatura, y su afición escribidora, en un paréntesis efímero, lo lleva a pergeñar críticas que publicará en revistas. Pero, una terrible inflexión condena la alegría del muchacho que quiere ser médico a una clausura cruel que, sin embargo, definirá el resto de su vida. Porque la enfermedad irrumpe en mitad de la carrera universitaria, lo que significa, a la vez, el final de la juventud. «¿No guarda cada adulto dentro de sí el cadáver de un joven lleno de promesas a quien ya no se atreve a mirar a la cara?», nos dirá en la página 101, recién comenzada la dolencia.

La montaña mágica, de Thomas Mann, llega por casualidad a la casa del pueblo leonés, en una de cuyas habitaciones pena el joven Eugenio después de haber vomitado sangre y de haber sido estigmatizado por todo el pueblo como tísico. En ese lecho donde sufre, adolorido, nuestro joven (ya maduro joven) recibirá con sorpresa el tomo que se habrá de transformar en la medicina que, de forma sorprendente, mejor le cure. Así será, por cierto, el resto de su vida. Hemos llegado, naturalmente, a la parte «Diez».

Con los inicios de la recuperación, que luego nadie creerá, pues casi le darán por muerto después de sufrir una neumonía, llegan los autores rusos, que serán recurrentes y polivalentes en la andadura vital de don Eugenio, y a quienes llevará de la mano y entregará, como bienes más que preciados, a su círculo de amistades, a sus allegados, a quienes, en su día, en uno u otro momento, formamos en el pequeño ejército de sus acólitos en la tertulia literaria de Langreo (se referirá a ella casi al final del libro, sin nombrarla, con un raro halo de mera nebulosa trascendente y opaca). Hemos de decir que en este libro no se aclaran mucho las cuestiones prácticas, y poco se nos revela sobre los acontecimientos históricos: los privados de la familia, cuyos miembros no dejan de ser fantasmas que rodean al niño con su sábana, primero, y al adolescente, después, pero sin que nunca llegue a vérselos del todo, para desvanecerse por completo, y sin que se sepa nada más de ellos, al llegar la madurez; y también los públicos, pues la guerra civil, que forzosamente tuvo que vivir en la más tierna infancia, queda velada por otras reflexiones, aunque aparecerá –es también una constante– en forma de personajes que tienen un pasado amargo, tal vez por sus posiciones políticas. Encaja entre ellos uno que parece ser un represaliado político, asturiano, que busca y parece ser encuentra trabajo como técnico minero en el pueblo leonés. A través de su hija lo conoce Torrecilla, y descubrirá, con él, una nutrida biblioteca de autores rusos. Dostoievski, primero, luego Gogol, que, según sus propias palabras, «restituyó al convaleciente el goce de vivir». Tarás Bulba y, luego, Almas muertas y la troika de Chichikov, serán, no se impresionen, los actantes de esta magistral recuperación, medicina insensata pero efectiva, que toma el estudiante ya no por dosificados miligramos, sino por los kilogramos que le permite engullir su apetito voraz de vitaminas idealistas. Y es así como nos vemos progresando en la parte «Once». También en esta parte, tan importante, aparecerá otra sombra trágica, la sombra de Saschka Yegulev, quien, manejado por la pluma maestra de Leónidas Andreiev (Saschka Yegulev. Historia de un asesino), consumará su desdichada ventura obnubilando la percepción literaria del joven convaleciente. Turgeniev y Bunin aplanan la cuestión, delimitan lo trágico y salen triunfantes con un halo de delicadeza literaria que lo subyugará aún más con el ulular del viento y con las nieblas que vuelan sobre el camino. Pero esto no es todo, porque con las últimas y abundantes nieves del invierno, cuando ya quería asomar la primavera, irrumpieron triunfantes Pushkin y Tolstoi, que son ellos mismos nieve, invierno… Rusia. Lecturas todas ellas que le proporcionan fuerzas, pero fuerzas que «no revertían al cuerpo», de modo tal que, con el Olenin de Los cosacos (Tolstoi), en una «carrera llena de alicientes», llega al final del «invierno literario» y de su enfermedad, porque gracias a esos libros alcanza su completo restablecimiento en el instante mismo en que comienza a brillar la primavera.

La parte «Doce» se imbuye, e imbuye al lector del lector (este libro es el libro de un lector, no de un escritor, pero tiene, a su vez, y como no puede ser de otro modo, lectores) de una obsesión: por la salud, sí, pero también por la enfermedad, porque ambas son caras de la misma moneda y forman un todo, que alegra y que amenaza. Por eso recurre de nuevo a La montaña mágica, con cuyos personajes se ha identificado desde el primer momento, y con sus altibajos de enfermedad, de salud. Con ella volverá a la ciudad mesetaria, donde continuará sus estudios en la Facultad de Medicina. Los libros de texto son otro paréntesis (hay unos cuantos a lo largo de la obra, entre todas estas partes que yo he imaginado). Los contrapone, al peso inclusive, mamotretos que se desencuadernan al menor toque, con los bellos tomos en que habitan sus obsesiones literarias. Cuando no le queda otro remedio que sustituir a los segundos por los primeros, se le aparecerán los personajes con quien tanto quiso (que diría el poeta), sin duda por haberlos memorizado, dice, ya que «de lo que uno ha leído, nada se pierde» (página 157).

En mitad del duro estudio de la materia universitaria, y por evocar un verso que leían en la escuela (ha vuelto la infancia, pese a todo), irrumpe ahora la poesía en la vida (lectura) de Eugenio Torrecilla. Llega Juan Ramón Jiménez. Llegan los clásicos españoles. Es nuestra parte «Trece», claro está. En un mercadillo de libros, bajo los pórticos de una plaza, halla Las confesiones de un pequeño filósofo (Azorín) y La rebelión de las masas (Ortega y Gasset), y, con ellos, se le presenta la invencible Colección Austral, de Espasa-Calpe, que tan buenos ratos literarios nos ha dado a todos. Su catálogo despierta en el voraz lector las ganas de Balzac, de los Episodios Nacionales de Galdós y de las Sonatas de Valle-Inclán. Tendrá que conformarse –nos confiesa– con algo de Unamuno y de Baroja, pues no llegan a España todos libros de Austral, que se editan en Buenos Aires.

Mil libros es una recensión que le llevará al conocimiento de Proust. Y de Kafka, tal vez, porque aunque no se menciona a este autor en todo el libro, sí que hay cierto guiño en estas mismas páginas de la parte «Catorce». Pero Proust caerá bajo sus lentes y penetrará en su cerebro sólo veinte años después de esta primera toma de contacto.

Ya médico, se le presenta a don Eugenio Torrecilla en su primer destino profesional la poesía de Baudelaire. Como en una novela cualquiera, van asomando todos estos personajes, unos que sólo son comparsas (escritores comparsas), otros que tienen gran importancia (son escritores con destacado papel) y, por fin, los otros, los decisivos, los escritores que irán transformando su mundo en otro mundo y que trenzarán la novela de su vida trenzándose unos con otros y todos ellos con él. Y vamos aquí por la parte «Quince». El libro con las poesías de Baudelaire está dentro de un armario de madera, una original biblioteca que se sujeta a un árbol del parque, y que ha sido instalada allí por el médico anterior de aquel pueblo que se asienta, ya nos lo ha dicho hace unos instantes, en la Maragatería. Con Baudelaire hallará allí también a Goethe, a través de la obra de Eckermann. La vida sigue su curso.

La parte «Dieciséis» es una prolepsis (un salto) a la parte «Cero», a su etapa de jubilado, en que «la vida es la presencia activa de los volúmenes en sus anaqueles» (página 179), porque como para otros los días, los meses y los años, para Eugenio transcurren las letras, las páginas y los libros, y lo descubrimos rememorando ahora la época del bachillerato, cuando se vio obligado a memorizar nombres y fechas y títulos, pero sin leer obra alguna, y cuando también, entre los clásicos castellanos, se marginaba impunemente a La Regenta, que descubriría más tarde. Evoca ahora Los espectros, de Andreiev, y otra vez a Juan Ramón, que son las esencias con las que vive, perfumado y casi enclaustrado, el ya anciano lector.

Vueltos al tempo de la narración, ya no sabemos muy bien si ésta ha de ser la parte «Diecisiete» o si, más bien, hemos de volver (¿volver?, ¿no será, tal vez, adelantar?) a la parte «Cero». Los tiempos se confunden ya. La infancia, la senectud, todo se ambigua y se solapa, porque el tiempo ha dejado de existir. Ha dejado de existir hace ya muchos años, cuando el lector decidió que fueran ellos, los libros, quienes dieran pábulo a su vida y la transformaran en una novela, en la propia novela de su vida, en «la vida por la letra», de la que tan orgulloso está. Con destino ya en la cuenca minera, en su tierra natal, Eugenio Torrecilla descubre dos bibliotecas (siempre le han obsesionado las bibliotecas: recordemos la de Juan Luis –Julio Verne–, en aquella casona de pueblo durante la infancia; la del técnico a quien no querían en el pueblo leonés –Palacio Valdés–; la que el médico había instalado en el árbol del parque –Baudelaire y Goethe– de la ciudad maragata…) La primera de las dos que ahora ha descubierto huele a humedad y la regenta un bibliotecario desconfiado; pero la confianza ganada con el paso del tiempo hará que le descubra cómo en ella aún quedan algunos tomos de Balzac (proscrito en la España de entonces), y podrá, al fin, cumplir su sueño de leer al autor de La comedia humana. La segunda es la biblioteca del casino, volúmenes encerrados a cal y canto y a los que, a no tardar, acabará también por tener complacido acceso. También entre ellos aparecerán algunos tomos de Balzac, salvados de la pira que alevosamente había en su día ardido.

Hemos vuelto, definitivamente, a la casa. Al «Cero». Y, con el «Cero», llegamos a la última parte, a la parte «Dieciocho». (Observarán que ninguna de las partes está exenta de un pátina literaria, de que todas ellas lo son en función de una obra, de un autor, de una lectura, o, las menos, de la práctica de la escritura). Pero el final no está en la parte Dieciocho, sino en la luz, que recuerda la nieve. Luz, nieve, Rusia, literatura, parecen formar parte, en Torrecilla, del mismo campo semántico. Juan Ramón Jiménez, el Thomas Mann de Muerte en Venecia, ahora mismo, la reflexión sobre la luz (tal vez porque se acerca la sombra). Y Llámalo sueño, de Henry Roth, para vencer el temor y conseguir como propios «aquella soledad y aquel resplandor».

No, no ha sido tan difícil. La apariencia frágil de este texto, La vida por la letra, tórnase, sin embargo, contundente y eficaz cuando se le mete el diente. No tiene mil páginas, sino 197, con clara tipografía y buena interlínea, pero cabe en él toda una vida, y lo que es más, una multiplicidad de vidas (dieciocho, tal vez diecinueve), con sus elipsis, con sus sombras y con sus luces, frente a Luciano Sechard, o a los Karamázov, o a qué sé yo quién… Cabe en él toda una vida –varias vidas–, y no está de cualquier modo embutida, pues resulta cómodo de leer y la contención que muestra su autor, su estilo deliberadamente reservado, renacentista a ratos, le dan una pátina como de clásico que recurre a la infancia, a la nieve y a las nieblas y a las troikas de Rusia para hacernos entregar también nuestra pasión. Allá se queda la infancia perdida, en los albores del siglo XX; y aquí y ahora resta la pedestre realidad de una ciudad provinciana, de un piso modesto en que sigue leyendo, a la luz del atardecer, antes de encender la lámpara, el doctor Torrecilla.


[D. Eugenio Torrecilla falleció el 28 de septiembre de 2012, no mucho tiempo después de haber sido publicado su libro (lo que lo ha convertido en todo un testamento), y varios meses después de que  se hubiera divulgado mi artículo en Internet. Para quienes le conocimos (fue mi pediatra desde que yo tenía pocos días de vida, y, ya en la adolescencia, accedí a través de él a la gran literatura) La vida por la letra es el mejor regalo que nos pudo haber legado el doctor. Descanse en paz. Sit tibi terra leuis.]

La razón vital del doctor Torrecilla

Por FRANCISCO PALACIOS

(La Nueva España, lunes, 10 de septiembre de 2012) 

Aunque se publicó hace algún tiempo, por diferentes circunstancias llegó a mis manos recientemente. Se trata de La vida por la letra, magnífica novela autobiográfica del doctor Eugenio Torrecilla. Una novela sugerente y estimulante que te envuelve desde el principio, y en la que se despliega una bella y pausada ordenación de tiempos, personas y paisajes. Es también una obra salpicada de certeras reflexiones sobre diversas cuestiones. Y sobre todo es un relato de las múltiples lecturas que han condicionado la vida del autor, al que, siendo joven, alguien le preguntó si con su edad «no habría que vivir a lo vivo». La respuesta fue contundente: «Te cambio la vida por la letra», título y tesis de la novela.

Los buenos libros son los depositarios de un saber acumulado y universal. Al respecto, el doctor Torrecilla reconoce en esta obra que en su calendario interior, el tiempo se mide por los libros, que «marcan y forman la vida». Y hay libros para tiempos de seguridades y para épocas de desgarraduras. Siempre que se rechacen las trivialidades y los pasatiempos literarios. Ya escribí en otra ocasión que Eugenio Torrecilla habría sido un excelente profesor de Literatura.

Después de la magia de las primeras lecturas, que «roturan la mente», vienen los grandes autores: Homero, Shakespeare, Cervantes, Thomas Mann, Marcel Proust, Balzac, Galdós, Palacio Valdés, Dostoyevski, Tolstoi, García Márquez, entre otros muchos. Algunas obras, como La montaña mágica, de Thomas Mann, fueron providenciales para superar un agónico trance personal. Asimismo, «La vida por la letra» revela una actitud estoica ante el mundo y una prudencia crítica con el orden de las cosas: una virtud vinculada también con el afán de conocimiento de su autor, especialmente con su pasión literaria.

Por otra parte, Eugenio Torrecilla viene dirigiendo y animando una tertulia literaria desde hace casi nueve lustros. Una tertulia en la que han participado varias generaciones con espléndidos resultados. Y como reconocimiento a esa labor dinamizadora de la cultura fue distinguido «Asturiano del mes» de La Nueva España en la primavera de 2005. Decía Maquiavelo que las bibliotecas eran templos del saber. Pues bien, en dos bibliotecas langreanas (sin duda, los lugares más idóneos) se exhiben sendas placas honoríficas dedicadas al doctor Torrecilla para premiar su larga y meritoria actividad. Una se encuentra en la sala principal de la Biblioteca Pública Municipal de Sama, y reza así. «A Eugenio Torrecilla. Un hombre entregado a la cultura y a la pasión de su engrandecimiento». La segunda, en la biblioteca de La Montera, dice: «A Eugenio Torrecilla, que ha sabido ver en la literatura como un universo sustantivo».

Rodeado por sus libros preferidos, el doctor Torrecilla formula una suerte de rotundo testimonio vital: «Confieso que he leído». Y confiesa fundamentalmente que la lectura modifica nuestros puntos de vista, descubre la otra cara del mundo y activa nuevas vías mentales. Lo dicho: «La vida por la letra» es una magnífica novela.

«El esperpento de la ciencia»

Por MARCELO MATAS

(suplemento Culturas de El Comercio y La Voz de Avilés, 13 de diciembre de 2014)

«Todo escritor que se precie de serlo sueña con ser dueño de un estilo que cualquier lector pueda reconocerle como propio, claramente distinguible de la prosa funcional que más se suele celebrar en la literatura de escaparate. La mayoría de estos escritores se conforma —y no es poco— con que el estilo que los defina se ciña a meras cuestiones formales, de manera que indagan dentro de las posibilidades lingüísticas, estructurales, espaciales o temporales del texto, pero algunos —los más osados— procuran hacerse con un mundo personal, un territorio lo suficientemente acotado y ancho que en último término sea capaz de suscitar un planteamiento moral.» [… seguir leyendo en el blog de Marcelo Matas]

El-Comercio-Marcelo-Matas

Luna de Abajo seis (1992)

Autores:
Jaime Gil de Biedma
, Francisco Brines, Luis García Montero, Fernando Beltrán, Felipe Benítez Reyes, Pere Rovira, Álvaro Salvador, Ramiro Fonte, Luis Eduardo Aute, Miguel Rojo, Jorge Edwards, Juan Cruz Ruiz, Martín Casariego, Mariano Arias y Paco Ignacio Taibo I. Fotografías de Ana Muller, Nieto y Miguel Rojo.

Índice:
Jaime Gil de Biedma.
 «El juego de hacer versos». Transcripción y notas de Ricardo Labra. La transcripción recoge en su integridad la lectura comentada que Jaime Gil de Biedma realizó en Oviedo, el 12 de junio de 1981; conferencia organizada por Tribuna Ciudadana con el título Recital de poesía, por Jaime Gil de Biedma. Ricardo Labra lo cambió por «El juego de hacer versos», título del último poema del segundo libro del poeta, Moralidades (1966), por considerar que se corresponde mucho más con los contenidos y las reflexiones que Gil de Biedma desarrolla en su lectura comentada.
• Francisco Brines. «El collage en las artes plásticas y en la poesía»
«Indicios próximos». Luis García Montero, Fernando Beltrán, Felipe Benítez Reyes, Pere Rovira, Álvador Salvador, Ramiro Fonte.
Luis Eduardo Aute. «Animal. Poemas y Poemenos, 1991».
Miguel Rojo. «El viajero que contaba nubes»
Jorge Edwards. «Creaciones imperfectas»
Juan Cruz Ruiz. «Me recuerdas a Murillo»
Martín Casariego. «Postas para jabalíes»
Paco Ignacio Taibo I. «Pereza vende tacos»


«[…] ¿Qué es lo que un autor de poesía pretende hacer con su obra, con su empeño literario? Es una pregunta tópica por recurrente, que los escritores conocemos muy bien porque se nos suele formular con cierta frecuencia. En cambio, a nadie se le ocurriría preguntar a un actor o un cantante: ¿y usted qué pretende hacer con su canción o con su trabajo teatral? […]»

(Jaime Gil de Biedma, pág. 11)


luna-de-abajo-06-cubierta
• 17 x 24 cm, 208 páginas.
• Impreso a una y dos tintas.
• Tirada: 500 ejemplares.
• 16,00 € (últimos ejemplares)
• Contacto: lunadeabajo@hotmail.com
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