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La vida por la letra, de Eugenio Torrecilla

Por FRANCISCO LAURIÑO

(Texto publicado en su blog Blues de la luna que nos mira

Si es difícil que en un texto de mil páginas quepa la vida de una persona (Luciano Sechard, Alexei Karamázov…, qué sé yo…, o aunque sea sólo un sesgo de ella), ¿cómo no iba a serlo mucho más en otro que junta menos de doscientas y que transmite una vida entera, desde la infancia perdida en los albores del siglo XX, hasta la pedestre realidad de hoy?

Pero, se cumple la proeza cuando descubrimos que esta biografía no es exactamente el relato de una vida, sino la relación de una lista de libros que han configurado una vida, que la han hecho ser lo que es y, más aún, que la han hecho ser, pues gracias a ellos, con su ayuda, esa vida no se apagó cuando la grave enfermedad se cebó en ella, y le sirvió para alejarse de la muerte en tanto en cuanto que los avatares de Hans Castorp y de su primo Joachim en La montaña mágica, primero, y la libertad de las estepas de Tarás Bulba, después, insuflaron garantías para que el mundo, no el real, sino el de los libros, que es para el protagonista de este libro el real, se tornase, como en Novalis, sueño, y, de sueño, otra vez en mundo. Y vemos aquí al doctor Torrecilla redivivo, muchos años después de aquellos mágicos desvelos impresos en papel y que entretenían la infancia primera en forma de cuentos, todavía aplicado a su inmensa tarea de lector, en su torre de marfil que es un «modesto piso de cierta población provinciana carente de relieve».

Si como lector es don Eugenio un prodigioso devorador de libros, es muy cicatero, sin embargo, como escritor. Aquella Balada del Nalón con que nos sorprendió en los años ochenta, en plena modernidad pero fuera de modas, bajo los auspicios de Luna de Abajo, tuvo que esperar más de veinte años para tener compañía. Hasta esta obrita que nos llega hoy, La vida por la letra, bajo el marchamo también del buen hacer de Helios Pandiella y de su sempiterna editorial, y con la que se regala ahora, prodigio de diseño y de olor a tinta fresca de la buena, este otro lector que, no tan obsesionado como el doctor pero sí entretenido en esa materia de los sueños desde hace lustros, se adentra en él en la madrugada de tres sucesivos días, y lo vive, con su protagonista, con su vida y con sus lecciones.

La vida por la letra (Luna de Abajo, 2009) se estructura en diez capítulos, cada uno de ellos referente a una, digamos, etapa, de la vida del doctor. Pero esas etapas que han de ser por fuerza vitales, como en toda biografía, no lo son aquí tanto, porque sus referencias narrativas no están en el mundo sino en los libros. Tuve la osadía de repartir esas etapas por mi cuenta y riesgo mientras hacía la lectura, siendo así que a mí me salen dieciocho partes, o, mejor aún, diecinueve, si contamos la número cero, que no coinciden, evidentemente, con los capítulos originales, y que son, a su vez, y en mi modesta opinión, otras tantas vidas (libros) vividas por don Eugenio.

Es el objeto de este artículo dar cuenta de ellas.

La parte «Cero» es el tempo real de la novela (permítanme que le llame «novela» a La vida por la letra), que estará trufado de analepsis (casi todos los capítulos, casi todas las partes a las que aludo yo), estructuradas, a su vez, con otras prolepsis que desembocarán, como no podía ser de otro modo, de nuevo en la parte Cero. Aquí está el buen doctor, viejo, jubilado (esta palabra aparecerá más adelante), entregado a su pasión, ajeno al mundo que le rodea, o molestado por él («los ruidos ambientales y las intemperancias de los vecinos»). Volveremos a esta casa, que me fue dado conocer en la más tierna infancia (yo también la tuve), siendo paciente del doctor, cuya especialidad era la pediatría, y también más tarde, en la adolescencia, pues asistí a varias entrevistas con él, aquellos vésperos del sábado, para que me aleccionara en el buen camino literario (y de allí salieron querencias como la que les tengo a Borges, Dostoievski, Edgar Allan Poe, Leónidas Andreiev…, que me acompañan de por vida, también a mí).

La parte «Uno» es poco minuciosa. La vida comienza con las primeras letras que se aprenden en la escuela (tal vez sea más minuciosa de lo que creí en un primer momento). Se monta la herramienta. La l con la ala. Y qué herramienta, útil y hermosa, que el buen doctor usará durante toda la vida. Qué sería de él, de nosotros, sin ella.

La parte «Dos» encaja letras y suma significados, mientras continúa la analepsis de la anterior. Aprenden los niños a leer y leen a trompicones algunos en la escuela. A don Eugenio, a quien por el entonces suponemos, aunque nos cueste trabajo, Eugenio solamente, a secas, nunca le toca leer en alta voz, pues es de los pequeños y a ellos no les suele llegar el turno. Ha comenzado, como observarán, esa gran obsesión que le perseguirá siempre. El libro, al principio, se le resiste; pero, más temprano que tarde, acabará por rendírsele como un animal manso del que sacará disfrute, provecho, aire para respirar el mundo. Tiempo al tiempo.

La parte «Tres» es el comienzo de la autonomía personal y del autodidactismo literario que formará a Torrecilla y que será lo que de manera más clara distinga su enigmática manera de proceder con respecto a la literatura; a él parece que los movimientos críticos y la teoría literaria en general le son ajenos, o por lo menos le resultan indiferentes para su propósito personal, que es bien distinto al que mueve al «profesional de la literatura», al «crítico», al «erudito». Para él es la vida, y no una forma de vida. El pequeño Eugenio descubrirá en esta etapa, y por su cuenta, los cuentos infantiles (avanzado el libro nos aclarará que eran los de Calleja, y evocará aquellas pobres ediciones que le dieron la mano para entrar en el mundo bibliográfico, y que venían como regalo al comprar dos libras de chocolate).

Un buen día, atosigado ya por los papeles impresos, pidiéndoles más significado del que aquellas modestas ediciones podían brindarle, tuvo la suerte de conocer la biblioteca de Juan Luis, donde se apilaban libros de verdad: y descubrió en ella a Julio Verne, su primer gran escritor. Es la parte «Cuatro», donde comienza en realidad, después de los prolegómenos que sientan las bases, la aventura literaria. Es, por lo tanto, la primera etapa de su andanza real entre los libros.

Fuera de su Asturias natal, y de la cuenca minera, observamos como entomólogos (él mismo se observa, observa al niño, al joven, incluso al anciano, como entomólogo, como si estuviera descubriendo el comportamiento de un pequeño ser que se debate en un microcosmos de exagerada envergadura) al niño que vive ahora en un pueblo de la montaña leonesa. Ha llegado un técnico a las minas que despierta poco el cariño de los vecinos, pero es él quien le brindará al chico inquieto la posibilidad de alcanzar otros libros de verdad, distintos a los de Julio Verne, libros de adultos, firmados esta vez por Armando Palacio Valdés: José y La aldea perdida son la parte «Cinco» en este particular periplo lector (vital).

Las palabras mayores, quiere decirse, los clásicos, entraron en su casa sibilinamente, sin que se los esperara, porque de la mano de un cura rural que se lo regala al padre de Eugenio irrumpe en la casa Homero, con la Ilíada. No amilanan las dificultades al niño ante el clásico tremendo, aunque aquellas letras le impiden la conquista del poema épico griego como si fueran una muralla inexpugnable. Pero, la gran literatura está ahora en proceso de inoculación en sus venas, y eso que todavía no ha comenzado la segunda enseñanza. Persistirá en su aventura hacia Homero, y acabará por ganar la batalla, aunque no comprenda que la acción se interrumpa y que el ciego eterno le deje a él sin luz por no darle a conocer el final de aquella historia en que los dioses y los humanos sufren a la par problemas parecidos. La parte «Seis» nos ha llevado hasta el clásico, sí, pero también nos revelará otro aspecto de suma importancia en la vida del lector: su primigenia conversión a escritor, porque la mimesis es dieta habitual de los humanos.

En el colegio de la capital, a donde ya asiste ahora, en la clase de literatura, pondrán como ejemplo de algo una leyenda de Bécquer; un comentario de Eugenio sobre ella será ejemplo para los otros alumnos. Además, un relato volandero escrito en un rato libre le conducirá hacia ese difícil terreno al que llamamos amistad, y que él aún no había transitado del todo mientras vivía en el pueblo. Son sus prácticas escribidoras y su encuentro con la amistad (también por la letra, como se ve) la parte «Siete».

La «Ocho» nos lleva otra vez a los clásicos. Shakespeare está presente en la transmisión oral que el amigo recién hecho (cuyo padre, abogado caído en desgracia, posee también una vasta biblioteca) le hará de Hamlet, mientras sufren el tedio de ciertas clases. Muchos años después, vueltos a la parte «Cero», el médico afincado ya en su tierra natal recibirá un presente valioso, las obras completas del autor inglés editadas por Aguilar. Hamlet será recurrente (comprará un ejemplar en cierto puesto instalado bajo los pórticos de una plaza varios años después), como lo serán Juan Ramón y los rusos, pero de estos últimos aún no nos es dado hablar.

En la parte «Nueve» el chiquillo y el adolescente se han esfumado ya, aunque seguirán presentes en el imaginario de Torrecilla, que volverá a ellos con frecuencia. Vemos ahora al estudiante en la Facultad de Medicina de una capital mesetaria. Le fascina el cine casi tanto como la literatura, y su afición escribidora, en un paréntesis efímero, lo lleva a pergeñar críticas que publicará en revistas. Pero, una terrible inflexión condena la alegría del muchacho que quiere ser médico a una clausura cruel que, sin embargo, definirá el resto de su vida. Porque la enfermedad irrumpe en mitad de la carrera universitaria, lo que significa, a la vez, el final de la juventud. «¿No guarda cada adulto dentro de sí el cadáver de un joven lleno de promesas a quien ya no se atreve a mirar a la cara?», nos dirá en la página 101, recién comenzada la dolencia.

La montaña mágica, de Thomas Mann, llega por casualidad a la casa del pueblo leonés, en una de cuyas habitaciones pena el joven Eugenio después de haber vomitado sangre y de haber sido estigmatizado por todo el pueblo como tísico. En ese lecho donde sufre, adolorido, nuestro joven (ya maduro joven) recibirá con sorpresa el tomo que se habrá de transformar en la medicina que, de forma sorprendente, mejor le cure. Así será, por cierto, el resto de su vida. Hemos llegado, naturalmente, a la parte «Diez».

Con los inicios de la recuperación, que luego nadie creerá, pues casi le darán por muerto después de sufrir una neumonía, llegan los autores rusos, que serán recurrentes y polivalentes en la andadura vital de don Eugenio, y a quienes llevará de la mano y entregará, como bienes más que preciados, a su círculo de amistades, a sus allegados, a quienes, en su día, en uno u otro momento, formamos en el pequeño ejército de sus acólitos en la tertulia literaria de Langreo (se referirá a ella casi al final del libro, sin nombrarla, con un raro halo de mera nebulosa trascendente y opaca). Hemos de decir que en este libro no se aclaran mucho las cuestiones prácticas, y poco se nos revela sobre los acontecimientos históricos: los privados de la familia, cuyos miembros no dejan de ser fantasmas que rodean al niño con su sábana, primero, y al adolescente, después, pero sin que nunca llegue a vérselos del todo, para desvanecerse por completo, y sin que se sepa nada más de ellos, al llegar la madurez; y también los públicos, pues la guerra civil, que forzosamente tuvo que vivir en la más tierna infancia, queda velada por otras reflexiones, aunque aparecerá –es también una constante– en forma de personajes que tienen un pasado amargo, tal vez por sus posiciones políticas. Encaja entre ellos uno que parece ser un represaliado político, asturiano, que busca y parece ser encuentra trabajo como técnico minero en el pueblo leonés. A través de su hija lo conoce Torrecilla, y descubrirá, con él, una nutrida biblioteca de autores rusos. Dostoievski, primero, luego Gogol, que, según sus propias palabras, «restituyó al convaleciente el goce de vivir». Tarás Bulba y, luego, Almas muertas y la troika de Chichikov, serán, no se impresionen, los actantes de esta magistral recuperación, medicina insensata pero efectiva, que toma el estudiante ya no por dosificados miligramos, sino por los kilogramos que le permite engullir su apetito voraz de vitaminas idealistas. Y es así como nos vemos progresando en la parte «Once». También en esta parte, tan importante, aparecerá otra sombra trágica, la sombra de Saschka Yegulev, quien, manejado por la pluma maestra de Leónidas Andreiev (Saschka Yegulev. Historia de un asesino), consumará su desdichada ventura obnubilando la percepción literaria del joven convaleciente. Turgeniev y Bunin aplanan la cuestión, delimitan lo trágico y salen triunfantes con un halo de delicadeza literaria que lo subyugará aún más con el ulular del viento y con las nieblas que vuelan sobre el camino. Pero esto no es todo, porque con las últimas y abundantes nieves del invierno, cuando ya quería asomar la primavera, irrumpieron triunfantes Pushkin y Tolstoi, que son ellos mismos nieve, invierno… Rusia. Lecturas todas ellas que le proporcionan fuerzas, pero fuerzas que «no revertían al cuerpo», de modo tal que, con el Olenin de Los cosacos (Tolstoi), en una «carrera llena de alicientes», llega al final del «invierno literario» y de su enfermedad, porque gracias a esos libros alcanza su completo restablecimiento en el instante mismo en que comienza a brillar la primavera.

La parte «Doce» se imbuye, e imbuye al lector del lector (este libro es el libro de un lector, no de un escritor, pero tiene, a su vez, y como no puede ser de otro modo, lectores) de una obsesión: por la salud, sí, pero también por la enfermedad, porque ambas son caras de la misma moneda y forman un todo, que alegra y que amenaza. Por eso recurre de nuevo a La montaña mágica, con cuyos personajes se ha identificado desde el primer momento, y con sus altibajos de enfermedad, de salud. Con ella volverá a la ciudad mesetaria, donde continuará sus estudios en la Facultad de Medicina. Los libros de texto son otro paréntesis (hay unos cuantos a lo largo de la obra, entre todas estas partes que yo he imaginado). Los contrapone, al peso inclusive, mamotretos que se desencuadernan al menor toque, con los bellos tomos en que habitan sus obsesiones literarias. Cuando no le queda otro remedio que sustituir a los segundos por los primeros, se le aparecerán los personajes con quien tanto quiso (que diría el poeta), sin duda por haberlos memorizado, dice, ya que «de lo que uno ha leído, nada se pierde» (página 157).

En mitad del duro estudio de la materia universitaria, y por evocar un verso que leían en la escuela (ha vuelto la infancia, pese a todo), irrumpe ahora la poesía en la vida (lectura) de Eugenio Torrecilla. Llega Juan Ramón Jiménez. Llegan los clásicos españoles. Es nuestra parte «Trece», claro está. En un mercadillo de libros, bajo los pórticos de una plaza, halla Las confesiones de un pequeño filósofo (Azorín) y La rebelión de las masas (Ortega y Gasset), y, con ellos, se le presenta la invencible Colección Austral, de Espasa-Calpe, que tan buenos ratos literarios nos ha dado a todos. Su catálogo despierta en el voraz lector las ganas de Balzac, de los Episodios Nacionales de Galdós y de las Sonatas de Valle-Inclán. Tendrá que conformarse –nos confiesa– con algo de Unamuno y de Baroja, pues no llegan a España todos libros de Austral, que se editan en Buenos Aires.

Mil libros es una recensión que le llevará al conocimiento de Proust. Y de Kafka, tal vez, porque aunque no se menciona a este autor en todo el libro, sí que hay cierto guiño en estas mismas páginas de la parte «Catorce». Pero Proust caerá bajo sus lentes y penetrará en su cerebro sólo veinte años después de esta primera toma de contacto.

Ya médico, se le presenta a don Eugenio Torrecilla en su primer destino profesional la poesía de Baudelaire. Como en una novela cualquiera, van asomando todos estos personajes, unos que sólo son comparsas (escritores comparsas), otros que tienen gran importancia (son escritores con destacado papel) y, por fin, los otros, los decisivos, los escritores que irán transformando su mundo en otro mundo y que trenzarán la novela de su vida trenzándose unos con otros y todos ellos con él. Y vamos aquí por la parte «Quince». El libro con las poesías de Baudelaire está dentro de un armario de madera, una original biblioteca que se sujeta a un árbol del parque, y que ha sido instalada allí por el médico anterior de aquel pueblo que se asienta, ya nos lo ha dicho hace unos instantes, en la Maragatería. Con Baudelaire hallará allí también a Goethe, a través de la obra de Eckermann. La vida sigue su curso.

La parte «Dieciséis» es una prolepsis (un salto) a la parte «Cero», a su etapa de jubilado, en que «la vida es la presencia activa de los volúmenes en sus anaqueles» (página 179), porque como para otros los días, los meses y los años, para Eugenio transcurren las letras, las páginas y los libros, y lo descubrimos rememorando ahora la época del bachillerato, cuando se vio obligado a memorizar nombres y fechas y títulos, pero sin leer obra alguna, y cuando también, entre los clásicos castellanos, se marginaba impunemente a La Regenta, que descubriría más tarde. Evoca ahora Los espectros, de Andreiev, y otra vez a Juan Ramón, que son las esencias con las que vive, perfumado y casi enclaustrado, el ya anciano lector.

Vueltos al tempo de la narración, ya no sabemos muy bien si ésta ha de ser la parte «Diecisiete» o si, más bien, hemos de volver (¿volver?, ¿no será, tal vez, adelantar?) a la parte «Cero». Los tiempos se confunden ya. La infancia, la senectud, todo se ambigua y se solapa, porque el tiempo ha dejado de existir. Ha dejado de existir hace ya muchos años, cuando el lector decidió que fueran ellos, los libros, quienes dieran pábulo a su vida y la transformaran en una novela, en la propia novela de su vida, en «la vida por la letra», de la que tan orgulloso está. Con destino ya en la cuenca minera, en su tierra natal, Eugenio Torrecilla descubre dos bibliotecas (siempre le han obsesionado las bibliotecas: recordemos la de Juan Luis –Julio Verne–, en aquella casona de pueblo durante la infancia; la del técnico a quien no querían en el pueblo leonés –Palacio Valdés–; la que el médico había instalado en el árbol del parque –Baudelaire y Goethe– de la ciudad maragata…) La primera de las dos que ahora ha descubierto huele a humedad y la regenta un bibliotecario desconfiado; pero la confianza ganada con el paso del tiempo hará que le descubra cómo en ella aún quedan algunos tomos de Balzac (proscrito en la España de entonces), y podrá, al fin, cumplir su sueño de leer al autor de La comedia humana. La segunda es la biblioteca del casino, volúmenes encerrados a cal y canto y a los que, a no tardar, acabará también por tener complacido acceso. También entre ellos aparecerán algunos tomos de Balzac, salvados de la pira que alevosamente había en su día ardido.

Hemos vuelto, definitivamente, a la casa. Al «Cero». Y, con el «Cero», llegamos a la última parte, a la parte «Dieciocho». (Observarán que ninguna de las partes está exenta de un pátina literaria, de que todas ellas lo son en función de una obra, de un autor, de una lectura, o, las menos, de la práctica de la escritura). Pero el final no está en la parte Dieciocho, sino en la luz, que recuerda la nieve. Luz, nieve, Rusia, literatura, parecen formar parte, en Torrecilla, del mismo campo semántico. Juan Ramón Jiménez, el Thomas Mann de Muerte en Venecia, ahora mismo, la reflexión sobre la luz (tal vez porque se acerca la sombra). Y Llámalo sueño, de Henry Roth, para vencer el temor y conseguir como propios «aquella soledad y aquel resplandor».

No, no ha sido tan difícil. La apariencia frágil de este texto, La vida por la letra, tórnase, sin embargo, contundente y eficaz cuando se le mete el diente. No tiene mil páginas, sino 197, con clara tipografía y buena interlínea, pero cabe en él toda una vida, y lo que es más, una multiplicidad de vidas (dieciocho, tal vez diecinueve), con sus elipsis, con sus sombras y con sus luces, frente a Luciano Sechard, o a los Karamázov, o a qué sé yo quién… Cabe en él toda una vida –varias vidas–, y no está de cualquier modo embutida, pues resulta cómodo de leer y la contención que muestra su autor, su estilo deliberadamente reservado, renacentista a ratos, le dan una pátina como de clásico que recurre a la infancia, a la nieve y a las nieblas y a las troikas de Rusia para hacernos entregar también nuestra pasión. Allá se queda la infancia perdida, en los albores del siglo XX; y aquí y ahora resta la pedestre realidad de una ciudad provinciana, de un piso modesto en que sigue leyendo, a la luz del atardecer, antes de encender la lámpara, el doctor Torrecilla.


[D. Eugenio Torrecilla falleció el 28 de septiembre de 2012, no mucho tiempo después de haber sido publicado su libro (lo que lo ha convertido en todo un testamento), y varios meses después de que  se hubiera divulgado mi artículo en Internet. Para quienes le conocimos (fue mi pediatra desde que yo tenía pocos días de vida, y, ya en la adolescencia, accedí a través de él a la gran literatura) La vida por la letra es el mejor regalo que nos pudo haber legado el doctor. Descanse en paz. Sit tibi terra leuis.]

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